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Por qué tus clientes se caen en el alta
Quien abandona el alta ya había decidido pagarte. Se va por un dato que no tenía a mano, por una espera sin explicar o por un error que no sabe corregir.
La gente que abandona el alta ya te había dicho que sí
Quien se cae dándose de alta ya ha decidido usar tu producto y ha empezado. Por eso ese tramo es de los más rentables de arreglar: no hay que convencer a nadie, solo quitar de en medio lo que estorba.
Si tienes un producto con clientes dentro y ves altas empezadas que no terminan, tickets de soporte de gente que no puede continuar y altas que acaba terminando el equipo comercial, estás en esta nota.
Y conviene decir dónde acaba el alta de verdad. No acaba cuando existe la cuenta. Acaba cuando esa persona ha hecho por primera vez lo que venía a hacer: emitir la factura, importar el catálogo, cerrar el pedido. Todo lo que hay entre esos dos puntos es el onboarding, y ahí es donde se pierde gente.
Los cuatro sitios donde se rompe
Los datos que pides antes de tiempo. Cada campo obligatorio es un encargo que le haces a quien se está dando de alta. Un CIF, un número de cuenta, un dato que está en otro departamento. Quien tiene que ir a buscarlo abandona la pantalla, y muchas veces no vuelve.
La pregunta útil es cuántos de esos datos tiene la persona delante ahora mismo. Los que no, se piden después, cuando el producto ya ha demostrado algo, o los deduce el sistema.
Las esperas que no se explican. Una verificación que tarda, una importación que corre en segundo plano, una comprobación que hace una persona de tu equipo por la mañana. Nada de eso está mal. Lo que rompe el alta es una pantalla que se queda quieta sin decir qué está pasando, cuánto falta y qué puede hacer mientras tanto.
Decir «esto tarda dos minutos y te avisamos por correo cuando esté» deja que la persona se vaya sin perder el trabajo hecho. Decir solo «esto tarda dos minutos» la obliga a esperar delante.
Los errores que llegan al final. El sistema acepta seis pasos y rechaza el séptimo por algo que se escribió en el primero. Ahí no pierdes a quien se equivoca: pierdes a quien ya no sabe qué corregir. Un mensaje que dice «datos inválidos» y no dice cuál, ni dónde, ni qué se esperaba, no permite corregir nada.
Los errores que devuelve otro sistema son el caso peor. Si tu alta consulta un servicio externo y le enseñas al usuario el error literal de ese servicio, le estás enseñando el nombre interno de un campo de otro programa. Eso está tratado en integrar dos sistemas que no se conocen: el mensaje que ve una persona es parte de la integración, no un detalle posterior.
El trabajo invisible que nadie asignó. Muchas altas fallan porque hay un paso que depende de tu equipo —aprobar, verificar, cargar unos datos iniciales— y no está en ninguna cola visible. Funciona mientras hay pocas altas al mes. Cuando suben, quien lo hacía deja de dar abasto y las altas se quedan esperando sin que nadie lo sepa.
Cómo encontrar el punto exacto en tu producto
Sin estudios de sector y sin comparaciones con nadie. Con tus propios datos, que ya los tienes o los puedes tener en una semana.
Primero, dos números. De cada cien cuentas creadas, cuántas llegan a hacer la acción que define tu producto. Y cuánto tiempo pasa entre una cosa y la otra. Con eso solo ya sabes si tienes un problema pequeño o uno grande.
Segundo, el paso en el que se quedó cada persona que no llegó. Eso convierte la discusión en una lista ordenada: si una parte grande se detiene en la misma pantalla, no hace falta debatir por dónde empezar.
Tercero, siéntate al lado de alguien que se dé de alta de verdad, con sus datos y sin ayuda, y no intervengas. Anota cada vez que abra otra pestaña, pregunte algo o se detenga, y qué estaba mirando en ese momento.
Qué se arregla primero
El orden importa, porque casi todo esto se puede tocar sin rehacer el producto.
Se empieza quitando del camino los datos que no hacen falta todavía y guardando el trabajo a medias: quien vuelve mañana tiene que encontrar el alta donde la dejó. Después se explican las esperas y se ponen los errores donde ocurren, con el texto que dice qué corregir. Y al final se mira lo que depende de una persona de tu equipo y se le pone una cola con dueño y con aviso.
Nada de esto es un rediseño. Es marca y producto sobre un sistema que está funcionando y que no se puede parar, que es la situación normal cuando ya hay clientes dentro.
Por dónde empezar
Antes de pedir presupuesto a nadie, consigue dos cosas: el porcentaje de altas que llegan al primer resultado y la lista de pasos donde se queda la gente. Con esas dos, cualquier conversación con un proveedor deja de ser sobre estética y pasa a ser sobre qué se arregla primero y qué cuesta.
Si no las tienes y el producto ya está en producción con clientes dentro, ese es exactamente el trabajo del diagnóstico: tres semanas leyendo el sistema y hablando con quien lo usa, y un informe con qué falla, qué cuesta arreglarlo y en qué orden.
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El diagnóstico le pone número y orden sobre tu propio código.